El deporte seguro y la integridad se han transformado gracias a una serie de fenómenos que conocemos como la industria del deporte seguro, en esta entrada presentamos sus características y sus efectos.
Hoy, en el deporte global, hablamos más que nunca de integridad y deporte seguro. Y sin embargo, los casos de abuso, los silencios institucionales y las fallas estructurales persisten. Entonces la pregunta no es si estamos haciendo algo, la pregunta es si lo que estamos haciendo realmente funciona.
Para abordar esto, quiero centrarme en un fenómeno específico, la consolidación de lo que podemos llamar la industria del deporte seguro. Y la idea es simple:
El sistema deportivo se ha encargado de gestionar el problema sin resolverlo.
En los últimos años hemos visto una expansión acelerada de consultores en safeguarding, certificaciones y programas de formación, protocolos y unidades de integridad
En esta gráfica vemos cómo en Play the Game, el número de sesiones sobre deporte seguro se ha ido incrementando año tras año. Esto no es casualidad, es un cambio estructural de agenda.

Pero lo que está emergiendo no es solo una solución, es un campo profesional, económico, un campo de poder, y como todo campo, tiene sus propios incentivos, y esto no es exclusivo del deporte.
El término “industria” se usa para la manufactura o un sector empresarial específico (farma, energía, tecnología). En otros contextos, el término tiene una connotación peyorativa. Aquí me refiero a la industria como la inversión institucional realizada para resolver un problema. Una industria exitosa se expande manteniendo el problema en la agenda, atrayendo atención y recursos.
Alrededor del deporte seguro vemos cómo se configura un ecosistema global compuesto por:
Gobiernos, ONGs corporativas, consultores, activistas y expertos, organismos internacionales.
Este ecosistema se ha convertido en un campo profesional con sus propios incentivos de reproducción.
Aparecen protocolos y lenguajes estandarizados que circulan globalmente, actores dentro y fuera del sistema gravitando alrededor del problema, proyectos que dependen del problema.
Vemos cómo el sistema ha aprendido a coexistir con el problema y la solución.
Para entender mejor este fenómeno, es necesario citar a Harry Frankfurt, quien distingue entre dos figuras: el mentiroso y el charlatán. El mentiroso conoce la verdad y la oculta. El charlatán, en cambio, no está interesado en la verdad, su objetivo no es decir algo falso, sino decir algo que funcione. Algo que suene bien y que sea aceptable.
La charlatanería no consiste en mentir, consiste en desvincular el discurso de la verdad, y aquí está el punto crítico para el deporte.
¿Ustedes creen que el deporte seguro va en la dirección correcta?
Cuando hablamos de:
“entornos seguros”
“tolerancia cero”
“protocolos robustos”
¿Estamos describiendo una realidad…o estamos produciendo un discurso que genera tranquilidad institucional?
Esto no es solo una reflexión filosófica. Ya ha sido observado en el deporte. Investigaciones recientes describen cómo las organizaciones deportivas han aprendido a usar estrategias discursivas para proteger su autonomía y evitar regulaciones más profundas.
Este patrón también aparece en otros sectores, a través del compliance.
Todas las industrias han desarrollado sistemas sofisticados de compliance mediante:
códigos de conducta
canales de denuncia
auditorías
capacitaciones
grupos de trabajo especializado
Y sin embargo…
Grandes escándalos de corrupción ocurrieron en corporaciones que cumplían formalmente con todos estos requisitos. ¿Por qué? Porque el compliance puede convertirse en una forma de gestionar el riesgo reputacional, no en una transformación ética.
Se cumple con el procedimiento.
Se documenta el proceso.
Se produce evidencia.
Pero rara vez se preguntan si realmente funciona.
Y aquí aparece una advertencia clave para el deporte:
El compliance no elimina el problema. Lo hace administrable.
Necesidad
Existe una necesidad real. El deporte seguro es una respuesta legítima a una crisis real.
Ha permitido visibilizar el problema y darle voz a víctimas y sobrevivientes.
Sin embargo, en ese marco de necesidad, el sistema le da un giro estratégico al activismo de víctimas y sobrevivientes, para incorporarlos en forma de:
expertos
consultores
formadores
Esto puede ser positivo.
Pero también plantea una tensión:
Y es que el sistema no cambia… aprende a integrar la crítica.
Utopía
El safe sport es también, al mismo tiempo, un proyecto moral.
Construye un horizonte aspiracional:
entornos seguros
protección total
tolerancia cero
Pero ese ideal sigue ocultando las relaciones de poder que hicieron posible el abuso.
Negocio
La integridad se convierte en un servicio.
Un servicio que se puede contratar.
Medir.
Certificar.
Efectos de la industria

Cuando un problema estructural se convierte en una industria, no solo cambian las soluciones.
Cambia la naturaleza del problema.
Primero, el problema empieza a reproducirse.
No necesariamente porque alguien quiera que continúe…
sino porque todo un ecosistema comienza a depender de su existencia:
programas, formación, consultorías, financiamiento.
El abuso no desaparece.
Se convierte en el punto de partida permanente del sistema.
Segundo, se crea un campo profesional.
La protección deja de ser solo una responsabilidad ética…
y se convierte en una especialidad:
expertos, certificadores, consultores, unidades de integridad.
La integridad ya no es solo un valor.
Es una profesión.
Tercero, las soluciones se estandarizan.
Protocolos, guías, certificaciones…
que circulan globalmente como “mejores prácticas”.
Pero rara vez dialogan con las realidades locales.
Lo que funciona como formato…
no necesariamente funciona como transformación.
Cuarto, emerge un lenguaje global:
Safeguarding
Safe environment
Zero tolerance
Un lenguaje que ordena el problema…
pero que se distancia de la experiencia real de los atletas y otros actores.
Quinto, la performatividad. Es decir, se mide lo que se puede medir:
Número de capacitaciones
Protocolos adoptados
Certificaciones obtenidas
Pero rara vez sabemos si los atletas están realmente más protegidos.
La medición sustituye a la transformación.
Sexto, el problema se vuelve técnico.
Lo que es una cuestión de poder, de jerarquías, de dependencia…
se traduce en herramientas, procesos y capacitaciones.
Se vuelve gestionable, pero no necesariamente transformable.
Séptimo, la dependencia de recursos. Aparecen donantes internacionales y otras agencias definiendo la agenda, y lo hacen en forma de discursos, políticas y estructuras visibles…
que demuestran compromiso.
Pero ese compromiso no siempre se traduce en cambios visibles.
Octavo, la captura del activismo. El sistema aprende a integrar la crítica.
Activistas, sobrevivientes, denunciantes…
se convierten en expertas, consultoras, formadoras.
Esto puede ser positivo.
Pero también puede producir un efecto de absorción.
El sistema no elimina la crítica.
La incorpora.
Y finalmente, aparece una ambigüedad fundamental:
Nunca queda del todo claro si el sistema está reduciendo el problema…
o simplemente está produciendo actividad alrededor de él.
Y este es el punto clave:
Cuando la integridad se convierte en industria,
el riesgo no es que no se haga nada.
El riesgo es que se haga mucho…
sin que cambie lo esencial.
En Colombia no existe todavía una industria consolidada.
Estamos frente a algo más básico:
Un sistema fragmentado.
Burocrático.
Y muchas veces revictimizante.
Una denuncia puede pasar por múltiples instancias sin seguimiento real.
Los procesos son largos, técnicos y formales…
pero no necesariamente justos.
Y las víctimas no solo enfrentan el abuso inicial.
También enfrentan dudas, silencios y desgaste.
Denunciar no garantiza justicia.
Es la entrada a un camino que se parece más a un laberinto que a una ruta de atención.
El riesgo no es solo que el sistema falle.
Es que el sistema siga dirigiendo esta industria…
y que no estemos dispuestos a cuestionarlo.

