La farsa de la moralización pública

El ejercicio de la función administrativa pública, conlleva implícito principios asociados a la moralidad, ética y al interés general entre otros, y…. a quien no los cumpla, se les impone una supuesta pena a la cual nadie le teme, y no se le teme, no porque no sean duras, sino porque nunca se materializan.

Al hombre siempre le han sometido su libertad con falsos temores. Se ha dicho que existe el infierno y que éste es un misterio oscuro, un problema difícil, su tratamiento se presta a todas las deformaciones y tiende a evocar los peores monstruos del subconsciente. Para los individuos se convierten en fuentes de escrúpulo y angustias, así, los fantasmas más horribles han sido utilizados socialmente para atemorizar y esclavizar la conciencia, fortalecer el poder y legitimar la opresión. “Pensamiento Poderoso”


El ejercicio de la función administrativa pública, conlleva implícitos principios asociados a la moralidad, ética y al interés general entre otros, y…. a quien no los cumpla, se les impone una supuesta pena a la cual nadie le teme, y no se le teme, no porque no sean duras, sino porque nunca se materializan. Tal situación deslegitima la base de la Moralización de la Administración Pública que se plantea desde la Constitución Política.

La Moralización de la Administración Pública se entiende como un interés justo y legítimo, pero su inaplicabilidad y efectividad se entiende injusto y bastardo.


Por estos días, me encontré con uno de mis estudiantes alrededor de la empresa donde presto mis servicios como funcionario público. Esto fue lo que me contó:

“Profe que bueno que lo encuentro, le cuento que entusiasmado por el ejercicio administrativo público, seguí estudiando para consolidar mis conocimientos en el tema, aupado además, por todo ese cuento que para ser un excelente servidor público es muy importante actuar con mucho profesionalismo, es decir, tener criterios basados en el conocimiento y la experticia, atender la ética que se dicta desde los valores y sobre todo actuar con vocación.

Una vez graduado en el nivel de posgrado – maestría –empecé a ofrecer mis servicios, organice mi hoja de vida y recordaba mucho con ese entusiasmo con el que usted en su materia de Gestión de las Organizaciones Públicas nos inducia y sostenía a todo el grupo de estudiantes, que esta materia pretendía que el estudiante hiciera una reflexión cuando estuviera en la empresa pública a partir de la misión, visión y objetivos estratégicos, para que se prestaran servicios eficientes, eficaces y efectivos para resolver las necesidades de las personas.


Ya en la opción de grado en el taller de control interno, usted hacia mucho énfasis en que era imprescindible trabajar en la Moralización de la Administración Pública para poder ayudar a resolver las demandas y llegar a tener una mejor calidad de vida de todo el agregado social, ello implicaba tener unos servidores públicos profesionales, vinculados por mérito, éticos y moralmente comprometidos.

¡Pero vaya que sorpresa! Empecé a tratar de vincularme al sector público acudiendo al profesionalismo, al mérito y a la ética que usted tanto recalcó y me encontré literalmente con que la gran mayoría de las empresas publicas estaban hipotecadas a hombres muy poderosos, que se las habían entregado como contraprestación por haber apoyado al mandatario de turno, que los poderosos, definían quien gerenciaba la empresa y que lo más importante era que dicho gerente le copiara a su mentor. Importaba muy poco su conocimiento, capacidad de gestión y liderazgo.


Sin embargo, no me di por vencido, insistí, tratando de que recibieran y estudiaran mi hoja de vida y me encontré con lo peor profe. Al interior de la organización montan un andamio familiar muy fuerte. Entre los directivos y administrativos se teje una relación familiar tenaz: cónyuges, hermanos, primos, ubicados en cargos estratégicos, y el gerente no se da por enterado. Me imagino que solo firma para cumplirle al poderoso que le
dio la oportunidad de tan importante empleo.


Profe, pero el entramado es toda una estrategia, que va desde la filtración de las hojas de vida, presión psicológica, pasando por cambios de requisitos para acomodar perfiles, suavizando puntos de control, como si se estuviera preparando un chorro de favores para los poderosos”.


Por último, mi estudiante me dijo: “profe, ¿entonces de qué Moralización, de qué procesos, de qué méritos, de qué idoneidad, de qué misión, de qué visión, de qué ética, de qué vocación fue de la usted me hablo cuando me impartió las materias en la Universidad?”.


Solo pude responderle: “me alegro mucho por tu reflexión y por tener la
sinceridad de confrontarlo, pero recuerda lo que decía el filósofo y catedrático Fernando Savater, el cumplimiento de la ética no es un asunto de normas, decretos, circulares o firmas de pactos. En la aplicación de la ética tienen que estar presente la responsabilidad política, administrativa, profesional y personal; que la ética va más allá de la comisión o no de un delito, sobre todo en el ejercicio de la profesión, porque suponemos los mortales que eso es lo que se profesa, su conocimiento muestra que está enterado de lo que es malo y de lo que es bueno”.


Para despedirse el estudiante me preguntó: “profe, ¿y en todas las universidades enseñan Ética?” A lo que le respondí que en todas las facultades y profesiones, pero que recuerde lo que decía sarcásticamente el asesor político venezolano J.J Rendón: “la ética es para filósofos, eso no da plata”.

Al despedirme sólo pude atinar a decirle que siga intentándolo y que no se rinda, pues entendí que se sentía defraudado. Esa conversación no me dejó para nada indiferente, porque tras su relato lo único que sentí fue vergüenza.